Monday, November 30, 2009
Algo tentativo
Y sin saber bien como, me di cuenta de todo lo que estaba mal. Debió haber sido una de esas mañanas introspectivas de martes, o tal vez de lunes, dependiendo que tan existencialista se sienta uno. O tal vez no importaba el día, sino que era la mañana, y me desperté. Cuando uno batalla en dormirse, batalla mas en despertarse, y cuando se libra la lucha contra la somnolencia, uno sufre de depresiones post-guerra cada que deja de soñar. El nihilismo y la gran depresión para el desayuno.
No es que el mundo de pronto todo estuviera mal, los políticos comenzaran a robar y mentir, las bombas retenidas por un botón fueran liberadas, y el hambre despertara en todos esos pinches países tercermundistas, todo el paquete; no, todo ese pasaba aunque no me diera cuenta. Y tampoco era que todo lo que tuviera que ver conmigo estuviera mal, pero ver todo lo que está mal, que está conmigo, todo de un solo golpe, pues bueno, era suficiente como para levantar el teléfono y avisar en mi trabajo que no voy a ir; que tengo fiebre bubónica, lepra, ébola y gastritis todo en uno. Nos vemos al siguiente día, cuando me sienta menos bíblico.
Si tu cabeza da vueltas, lo mejor que uno puede hacer es hacer que gire hacia el lado opuesto. Desafortunadamente, todavía era muy temprano para empezar a tomar licores fuertes. Un cigarro no es la solución, pero si es un remedio. Siguiendo el protocolo, comencé por el principio, es decir: me salí de la cama y me puse unos pantalones. Lo segundo hubiera sido ponerme una camisa, pero no logre ver de qué serviría. Hasta donde llega mi conocimiento, no hay reglas de etiqueta que mencionen como indecoroso caminar únicamente con pantalones por el departamento de uno estando solamente solo. Como siempre, un paso reglamentario y ahora automático, me asome por la ventana.
¿Por que vivía en el séptimo piso de un complejo departamental si le tenía miedo a las alturas? Me pareció un perfecto ejemplo de cómo buscaba mantenerme constantemente incomodo sin ninguna razón aparente. Llamémosla evidencia numero A. Numero B sería la vez que arrojé mi almohada hacia un grupo de monjas, quedándome sin donde descansar mi cabeza y fallándoles completamente, solo provocando risas por parte de las santísimas transeúntes. Eso fue hace dos años. Nunca compré otra.
De desayunar, como muchas otras mañanas: condimentos. Mi refrigerador se vaciaba de comida perturbantemente rápido; pero mi despensa siempre estaba repleta de condimentos. Alimentos. Condimentos. Todo es cuestión de estética gramatical. Al fin y al cabo, el estomago no nota la diferencia, y el cuerpo se va marchitando no importa que dieta escoja uno. Aunque bueno, supongo que si llevara una mejor costumbre gastronomita, no me vería tan enfermizo.
El refrigerador tenía una enorme lista de pendientes, empezando por víveres por comprar que probablemente nunca serían comprados; la lista solo iba creciendo, alargándose, burlándose de mi incompetencia. Un día de estos la iba a tumbar. Lo abrí por segunda vez para asegurarme que no había comida escondida, y frustrado, cerré la puerta con fuerza sin haber antes cerrado un cajón interno, provocando la destrucción de un bote de mayonesa que cayó al suelo como una bomba. No se iba a limpiar solo, pero no lo iba a limpiar yo tampoco; por lo menos no ahora. Todo se puede arreglar mas tarde.
Ese es otro de mis problemas. Soy la antítesis de proactivo. Me desplome sobre el sillón y encendí otro cigarro. No era la solución, pero vaya que era un remedio. Tenia que despejar mi cabeza.
Desconecte la televisión y el teléfono, jalando el cable fuertemente y arrancándolo de la pared. Sentí gran alivio. Hubiera metido el celular en la licuadora, pero ya lo había intentado una vez, y termine sin celular y sin licuadora, y mi licuadora era muy importante para mi.
Si el mundo quería comunicarse conmigo, tendría que derribar mi puerta a golpes. Yo por mi parte resguardaba mi fortaleza desde el sillón.
Friday, November 27, 2009
Habilidades Camaleónicas
La relación con mis amigos era de lo más normal: se basaba en insultos. Casi todos involucraban prácticas y preferencias sexuales no ortodoxas, afecto inapropiado por animales, y características físicas negativas de la mamá en cuestión. A veces alguien terminaba enojado, a veces alguien tenía desplantes de genialidad dignos de un clásico literario, a veces terminaban en un apodo , pero siempre resultaban una forma de liberar tensión y provocar alguna risa.
El problema llegó no por un insulto particularmente fuerte u ofensivo, en realidad, entre el ranking de los insultos, era bastante mediocre, pero sus consecuencias tuvieron repercusiones en mi que no podía manejar. Todo comenzó cuando, describiendo a la progenitora de un compañero del grupo, se mencionó una noche de pasión que dejó como evidencia lencería fina de tamaños enormes (aludiendo a la gordura de dicha señora cuya dignidad estaba siendo atacada), y un rastro de pelo inhumano. Usando dicha descripción como base, se concluyó que la criatura que le había dado a luz a este compañero no podía ser sino un jabalí. Uno particularmente feo, para eso. Todo era risa hasta ese momento.
Nunca he sido muy abierto sobre mis orígenes con mis amigos, no he entrado a detalle sobre mi infancia, y ellos nunca han inquirido sobre ella, lo que resultaba bueno para todos. Pero cuando la broma del jabalí empezó a tomar vuelo, ciertas cosas comenzaron a salir a luz que me dejaban sin forma de contestar, y lo último que quería era levantar sospechas.
Creo que es apropiado aclarar que, contrario a lo que puedan sospechar por lo antes mencionado, mi madre no es un jabalí. Si tengo una cantidad considerable de pelo corporal, pero todo dentro de las normas y convenciones sociales. Para evitar que se convirtiera en material para burlas, me rasuraba a diario, pero solo por precaución. Como mencionaba, la relación entre mis compañeros estaba fundamentada en bromas, y la apariencia física era una muy buena fuente para idear insultos. Con ese motivo, mi apariencia la mantenía impecable: no demasiado formal como par ser llamado metrosexual, pero tampoco me vestía como vagabundo. Mi intención era una apariencia que no resaltara de ninguna forma, y lo estaba logrando al grado en que muchas veces no recordaban si estaba en algún lugar con ellos o no. Para mi, un enorme éxito.
Pero regresando al tema de mis orígenes, pues bien, la cuestión no era biológica, soy enteramente humano. El problema es más bien de otra naturaleza. Cuando la conversación se empezó a volver más vulgar, y se llegó a describir como una cierta persona fue criada por bestias salvajes, mis niveles de incomodidad aumentaron dramáticamente, y tuve que poner en práctica mis talentos camaleónicos para evitar que la atención cayera en mi. Mis limitadas habilidades sociales solo me complicarían, y carezco de la destreza que muchos de mis compañeros tienen para manejar el lenguaje de una forma que pudiera responder a un insulto con otro insulto de forma efectiva, sin caer victima de las risas ajenas, y el ridículo público.
Uno de mis amigos más talentosos en el arte de “la madreada” hablo largamente del comportamiento animal, aludiendo ya no solo a las prácticas sexuales involucrando a diversas especies, sino a algo que me ponía en un predicamento social: la dieta de la fauna regional. Si todavía me permiten ahondar en detalles sobre mi apariencia, les quisiera dirigir la atención a mi complexión, la cual es delgada, sin llegar a los extremos. De verme, uno no pensaría nada fuera de lo común: dieta balanceada, ejercicio regular, no propenso a enfermarse mucho. Una persona sana y saludable, pensarían.
La cosa es que, cuando era pequeño, hubo un pequeño incidente que me marcó de forma permanente. No quería perder la atención de la conversación, pues no quería que me agarraran desprevenido, quería por lo menos la oportunidad de defenderme en caso de que a eso llegara. Alguien con más capacidad en la oratoria podría hacerlo con facilidad, lo haría pasar como broma, con una sola palabra desviaría la conversación hacia otro rumbo, pero no es el caso conmigo. Yo me delataría solo, situación inminente si no dejaba de perspirar.
Fue esa la realización, a idea, que pensé podría resultar. Era arriesgado, pero no podía permanecer sufriendo así. Respiré hondo, aclaré mi garganta, me enderecé en mi asiento, y dije tan pronto pude: es como yo, que me alimento enteramente de bichos e insectos. Los compró en la tienda para mascotas.
El silencio duró menos de un segundo, las risas cesaron abruptamente, alguien tosió. Y nada.
La conversación giró hacia técnicas de fornicación con cuadrúpedos, luego con criaturas del océano. Fui ignorado rotundamente.
Mi secreto estaba a salvo.
Tuesday, November 24, 2009
Debemos salvar el queso!
Todo fue por culpa de esa estúpida obra de teatro que me obligaron a ir a ver. Es buenísima, me decían, es completamente surreal. Como si eso me fuera a convencer. Utilizando términos artísticos que ni ellos entendían, inventados por pseudo-artistas pretenciosos sin talento ni creatividad.
Por eso nunca salgo de mi casa, el riesgo de toparme con gente indeseable es demasiado alto. Las palmadas en la espalda, el clásico ¿cuánto tiempo wey, que te has hecho?, la hipocresía, como si en verdad les diera gusto verme, nunca he hecho nada por ellos, ni siquiera soy simpático, no veo porque se alegran de verme. Y esos son los que por lo menos pretenden alegrarse, porque luego esta la gente verdaderamente miserable, y aunque aprecio que por lo menos no anden con máscaras, lo hace más incómodo porque me desprecian abiertamente.
Si hubiera una lista de top ten, ella estaría en el puesto número uno por varias semanas seguidas. Top of the Billboard, bitchez. Yo no se porqué, no es de las que entran en la categoría de ex novias convertidas en Némesis, tan populares en esta tan fea ciudad. Cuando mucho, hace años, tuvimos un faje de ebrios, sucio y mojado y lleno de lagunas mentales, del cual nunca volvimos a hablar. Y su repudio hacia mi es demasiado como para que esa sea la razón. Después de todo, fue nomás un faje. Y ahí estaba, en el pinche teatro ese al que me obligaron a ir.
Yo creo que más que el teatro, lo que en verdad me caga es la gente que va al teatro. No es como que saben algo de eso, seguro que solo saben de Shakespeare porque todo mundo sabe quien es Shakespeare, pero nadie sabe quien más ha escrito una obra. A nadie le importa, para eso inventaron el cine, y luego el Internet, y ya no tengo que salir de mi casa a ver películas en una sala abarrotada de gene escupiendo sus gérmenes y suciedad por todos lados. ¿Quién va al teatro ahora? Pendejos. Los pendejos van al teatro.
Todo el grupito estaba contento, viernes por la noche y todos sobrios, en un puto teatro, y ya había perdido de vista a la vieja que más me odia en este planeta. Con la paranoia de que en cualquier momento me llegaba por la espalda y me enterraba uno de sus tacones en la oreja. Los asientos todos viejos e incómodos, el piso igual de chicloso y pegajoso como en un cine, cuando se supone que no se podían introducir alimentos y bebidas. Cuando pregunté que cuento faltaba para que empezara la mierda esa, me dijeron que no me desesperaba, que todavía faltaba tantito. Por tantito, asumí correctamente, se referían a un chingo. ¿Porqué habíamos llegado tan temprano? ¿Porqué no podíamos esperar afuera, donde estaba más iluminado, donde podía correr en caso de emergencia?
Checaba mi celular una y otra vez, no se para que. Trataba de jugar a los jueguitos estúpidos que venían incluidos, nada, aburrido, todos hablando y riéndose. Cada que expresaba mi inconformidad e impaciencia, me daban otra palmada en la espalda, me decían que me relajara, pero no es como que me involucraban en sus conversaciones, de las cuales tampoco quería formar parte, hablaban de puras babosadas. ¿Cómo se relajaban tanto? ¿Porqué no podíamos mejor ir a tomar algo en algún bar poco popular, vacío y barato?
Debieron haber pasado varias horas, y yo sentado ahí como animal, inspeccionando a detalle el respaldo del asiento frente a mi, todos a mi derecha platicando de cosas tan estúpidas que me resultaban incomprensibles. Debí haberme estado sacando el moco o algo así, porque cuando se sentó frente a mi, me vio con una cara de asco imposible de disimular. Mi versión de un saludo fueron varios sonidos atorados en mi garganta, un par de tosidos, muy glamoroso todo, por supuesto. Me enojaba que estuviera tan guapa. Me enojó aun más que sonriera y me preguntara si me estaba divirtiendo. No sabía a que se refería, no me imaginaba a que podría estarse refiriendo, la función todavía ni empezaba, y no esperaba que fuera algo particularmente divertido.
Inútilmente traté de formular algunas oraciones coherentes, pero como no se me vino nada a la cabeza, me quedé callado, los dos ahí viéndonos como imbéciles. De seguro estaba disfrutando ponerme así de incómodo. Hubiera preferido que me enterrara el tacón en la oreja. Hubiera preferido que me diera una cachetada y me gritara y me acusara de lo que fuera. No quería volver a decir ¿qué? otra vez, sonar más estúpido de lo que ya sonaba.
Tenemos que salvar el queso, me dijo. No creía posible verme más estúpido, pero mi cara de seguro reflejaba el rostro de un primate tratando de entender conceptos avanzados de la física cuántica. Así se llama la obra, Tenemos que salvar el queso. Esa última afirmación no ayudo a arreglar mi situación. ¿Quién le pone así a una obra? ¿de que se puede tratar una con un titulo tan retrasado mental? Debí haberlo dicho en voz alta, porque su sonrisa se borró. No entiendes nada de nada, dijo. Se paró, y se fue.
Yo hice lo mismo. Si iba estar miserable, prefería por lo menos estarlo en mis propios términos, de preferencia involucrando algún licor fuerte.
Toda la noche me quedé pensando en que quizá yo era el que tenía que salvar el queso. Aunque nunca lograré entender a que chingados se refieren por eso.
Wednesday, November 04, 2009
Los alumnos del área médica de la UANL no tienen verguenza.
De acuerdo al periódico Milenio, hay dos asaltos diarios en el área médica de la UANL, en donde los victimados alumnos son despojados, a veces con violencia, de sus pertenencias. La gente busca justicia, busca ponerle un alto a esta deplorable situación, prevenir que estos incidentes se sigan perpetuando. Pero yo se de cierto que no va a ser así, y que las autoridades poco van a hacer al respecto, porque se como funciona la mente de los políticos mexicanos. Permítanme explicar:
El área de medicina de la UANL incluye a las facultades de psicología, nutrición, odontología, enfermería y medicina. La UANL es la universidad de Nuevo León, entonces, los mismos alumnos pueden, y deben, ayudarse a ellos mismos.
Los traumas provocados por sufrir un atraco pueden ser resueltos en la facultad de psicología, de esta forma no solo superando el miedo, sino creando una mentalidad de indiferencia hacía la pérdida de bienes materiales. En la facultad de nutrición pueden diseñar dietas especiales para aquellos que quieran estar en forma como para poder huir de los asaltantes. La de odontología sería beneficiada en que las victimas que lleguen con los dientes rotos serían excelentes pacientes para que los futuros dentistas practiquen la reconstrucción de la boca, creando unos odontólogos muy preparados para sus prácticas profesionales. Si la violencia con la que se cometen los crímenes es un problema, éste queda resuelto gracias a la preparación y profesionalismo inculcado a los estudiantes de enfermería y medicina. Bueno, el problema del sangrado interno o las hemorragias abiertas, no el problema del asalto.
De la perspectiva del gobierno mexicano, el problema de los asaltos en la UANL es un problema contenido. El robo y el delito es un práctica común y natural en México, y nada de que estar avergonzados (si ellos mismos lo hacen, solo que de forma más educada). De hecho, deberían reprocharles a los alumnos de la UANL el que no muestren aprecio a las autoridades por permitirles vivir dichas experiencias tan formativas, y que no forman parte del programa en ningún otro país, que les dan la experiencia para ser asaltados y maltratados en su vida profesional.
La nota completa de Milenio puede ser encontrada aquí.
Mecánica nacional
Necesito una máquina de escribir. Un aparato sin youtube, ni Google, ni nada que tenga que ver con wi-fi. Puedo hacer todo lo que necesite hacer con mi computadora, solo que me resulta imposible no dedicarme a perder el tiempo viendo artículos dudosos sobre temas inútiles en wikipedia, viendo a la gente accidentarse en videos, checando correos sin relevancia.
El Internet es buenísimo, el problema es que no lo se usar. Por eso necesito algo más antiguo, análogo, algo que haga ruidos no digitales, porque por voluntad propia, nunca voy a ser productivo, tengo la capacidad de concentración de un insecto.
Tuesday, October 27, 2009
Horarios
Con eso del cambio de horario, mitad de los relojes de mi casa discrepan en la hora. Siento como si me desperté a dos horas diferentes. Desayuné un huevo y un café, levanté un libro, leí dos páginas antes de soltarlo. La mañana es fresca, hay una humedad en el aire de la lluvia del día anterior. Desatendí mi café y se enfrió. No tengo ganas de hacer nada, pero quiero que todo suceda. La inutilidad me está matando, la desidia, la flojera. Quiero que estalle todo a mi alrededor, pero yo no pienso apretar ningún botón.
Los últimos meses han sido dedicados a soñar con otras cosas, las últimas semanas a la consideración de otras cosas, los últimos días a la distracción con otras cosas. Las últimas horas las dediqué a dormir. Para alguien insomnio, duermo bastante bien.
Thursday, June 11, 2009
Las mañanas homicidas
Tuesday, October 31, 2006
Me fui, pero no fue tu culpa, fue el fuego, lo juro.

No he escrito nada en un buen rato por varias razones, y razones buenas déjenme decirles, pues de ninguna forma fue desinterés y falta de creatividad. Los largos días en que no escribí estuvieron llenos de eventos extraordinarios que me llevaron a dejar esta tan noble causa de poner descaradamente mis pensamientos para su enfermizo entretenimiento a costa mía. Eventos que, si fueran llevados a la pantalla por un reconocido director de hollywood, causarían sensación mundial e insuperable éxito en el mejor de los casos, y en el peor de los casos, un colectivo suspiro de desinterés y apatía.
Que eventos han marcado mi joven vida al grado de no producir una sola palabra? Que aventuras han plagado mi existencia, llenándola de acción y retos épicos? Los rumores son muchos, entre estos circulo uno en que, después de meses de deliberación y acuerdos, largas negociaciones y trucos diplomáticos, se había establecido una paz armada entre los vegetales y yo. Permítanme afirmarles que quien sea que haya murmurado tal cosa no expresa mas que viles mentiras; es cierto que recientemente viaje a Nueva York, y estando ahí estuve en la ONU, pasando tiempo en la Asamblea General y el Consejo de Seguridad, pero les aseguro que el tema no se toco, y los vegetales, además de estar indispuestos a iniciar platicas de paz, no están representados en ninguna rama de la ONU. Las razones de mi visita son clasificadas y no me encuentro en libertad de mencionarlas hasta una siguiente actualización.
Otro rumor fue que, habiéndome convertido en una celebridad, rodeado de fama y atención, había olvidado mis humildes raíces en internet y me había ido a NY con mi novia supermodelo/billonaria, codeándome entre ricos y famosos, habitando un lujoso penthouse y destruyendo los restaurantes mas prestigiados por mera malicia. Permítanme de nuevo desmentir semejantes patrañas, asegurándoles que, a pesar de las apariencias, sigo sin ser ni rico ni famoso, y mi novia no es supermodelo, y, siendo del tipo invisible e inexistente, le es imposible tener capital monetario. Es cierto, no lo puedo negar, que estando en NY estuve chocando codos con gente, pero fue de forma mas violenta en los apretados vagones del metro subterráneo, y dudo seriamente que alguno de estos individuos mentalmente inestables haya sido famoso fuera de su casa.
Algo que si es cierto es que, brevemente, ejercí la profesión de bombero. Permítanme elaborar sobre el caso. Estando en esta ciudad conocida como “la Gran Manzana”, me alojaba en unos modestos condominios con delgadas paredes y diminutas dimensiones (y no un lujoso penthouse como algunos llegaron a creer, ni algún hotel de numerosas estrellas.), de donde, saliendo una noche de mi humilde habitación, logre escuchar gritos provenientes del cuarto piso, un piso sobre el mió. Con la intención de averiguar si se trataba de gente con la intención de divertirse, permanecí inmóvil, y fue en ese instante donde, a mi sorpresa, varios seres humanos descendieron en pánico gritando sobre la existencia de lumbre e invocando socorro al 911. Más por curioso que por heroico, y seguido de cerca por un compañero, me apresure a ver de que se trataba a conmoción, y me vi parado frente a un pasillo lleno de humo y pánico. Corrí hacia el fondo del pasillo, en donde me percate que en uno de los últimos cuartos estaba un horno cubierto en llamas. Yo he estado cerca de muchos hornos, sepan ustedes, y un buen horno debe, en efecto, producir llamas, o si no es un aparato inútil y no mas que un adorno. Lo peculiar de este horno es que las llamas, desafiando lo convencional y rutinario, decidieron cubrir dicho aparato enteramente, y no solo os lugares donde por ley se les esta permitido salir. Esta situación irregular fue lo que me impulso a actuar, pues así como no permito que frutas y legumbres logren la dominación global, no estaba por permitir que llamas y lumbre se salieran de los confines de su deber y decidieran hacer un rôtis d'appartment mientras yo estaba presente. Con ayuda de mi amigo, apresuramos a los multiétnicos inquilinos a desalojar sus viviendas, y estando ya saliendo del pasillo, me vi de frente con la habitante del departamento flameante que exclamaba emotivamente por sus gatos que, en contra de todo instinto de supervivencia, permanecían placenteramente entre el humo y lumbre.
Sepan ustedes que yo no tengo nada en contra de los gatos, y amo a todos los animales por igual, especialmente a los que me pueda comer, pero los gatos y yo no siempre nos entendemos. Pero para que quede evidenciado mi imparcialidad hacia estos nobles felinos, permítanme mencionarles que antes oír la desesperación en la voz de tan joven y emocional mujer, y a pesar de que las llamas crecían y el humo se intensificaba, me lancé intrépidamente de nuevo al ardiente peligro en busca de sus preciadas criaturas bigotudas. No me sorprendió en lo mas mínimo que uno de los mininos decidió que estaría muy bien posicionado en la cama superior de una itera sin escalera, para lo que yo tuve que saltar y, temiendo mas a sus filosas garras de la muerte que a las llamas, me llene de valor y tome al cuadrúpedo peludo en mi brazos. Para evitar hacerlo mas de emoción, algo intolerable para muchos, el gato se salvo, pero mas por suerte que por merito mío, pues al salir corriendo del departamento, al ver las llamas el gato salto de mis brazos y, en ves de dirigirse hacia la salida enfrente de el, decidió que seria mas apropiado la otra recamara. Es conocimiento general que soy adicto a respirar oxigeno, y que, privado de este, tiendo a morir. Con eso en mente, decidí que el gato podía pasar un rato mas ahí mientras yo huía por mi vida y sanidad. Humeante, acalorado, y, debo confesarlo, divertido, salí del cuarto con las manos vacías, solo para toparme con la histérica mujer rogando a que la dejaran entrar a ella.
Para estas alturas, la visibilidad era casi nula, el humo cubriendo todo espacio posible, volver a entrar no era una opción para nadie. Pero miento, había alguien que si podía entrar y hacer el rol de héroe, alguien que podría remediar la situación, no solo salvar a los gatos, sino que extinguir la lumbre infernal que amenazaba con consumir el departamento. Pensaran, no lo dudo, en Spiderman, conocido residente de Manhattan y héroe por excelencia, pero me temo que estarían, desafortunadamente, equivocados. En ese momento, llego el FDNY, los bomberos. Equipados con mascaras de oxigeno y todo tipo de artefactos que solo le conocía a Batman, se movieron con la eficiencia de un ejercito bien entrenado y rápidamente extinguieron el fuego y rescataron a los gatos. Al haberse enterado de mi labor previa, me saludaron con un “Good job”, el cual yo les exprese de vuelta. La aventura había terminado, cada quien había hecho su trabajo, el departamento tenia nueva decoración, y yo estornude cenizas por el resto de la semana.
Entonces, como podrán ver, estuve en un genuino incendio Neoyorquino, una atracción que pocos visitantes tienen el privilegio de gozar. De esa forma, en una sola noche, inicie y termine mi carrera de bombero con nota alta. Mi labor fue cumplida, vidas fueron salvadas, malhechores fueron aprehendidos, villanos encarcelados, malignos ejércitos derrotados, y todo estaba bien en el mundo. O no. es relativo, supongo. Lo importante es que estoy de vuelta, con nuevas aventuras y nuevas energías, listo para enfrentar nuevas calamidades, así es que pongan atención, nuevas historias están por venir. Pronto les contare como, mas tarde esa noche me pegue en el dedo chiquito del pie con la esquina de un mueble por no querer prender la luz; mi vida esta llena de emoción.